lunes 5 de enero de 2009

Felices fiestas, ¿o no?

¿Año nuevo, vida nueva? No sé, pero voy a intentarlo. Lo primero que quiero hacer es actualizar el blog más a menudo, cosa que no es complicada, porque el último artículo es de hace lo menos tres meses. En fin, quiero ser más constante con mis devaneos espirituales, quiero ser más concienzudo a la hora de contar mi vida, y quiero ser más locuaz y gracioso cuando me ponga delante del ordenador… ¡Me voy a comé un mohón!

¡Ay! Estas fiestas me matan. Físicamente y anímicamente. Anímicamente me agobian, me ponen de los nervios y me cabrean. Ya hace tiempo que tengo asumido que las navidades son para gastar dinero, para comer en demasía y para falsear con los conocidos, pero aunque lo sepa, no deja de agobiarme el día a día del mes de diciembre.

Podría contaros un sinfín de anécdotas referidas a las compras de navidad, a las cenas de empresa, o a las reuniones familiares, pero paso. Os voy a contar algo mucho peor, algo que no tiene parangón dentro del mundo de las anécdotas, algo que no tiene comparación y que es digno de reverencia por parte de todos…la oficina de correos.

Sí, efectivamente, la oficina de Correos, concretamente la principal. Por motivos que no vienen al caso, tengo que ir de vez en cuando a la oficina de Correos que se encuentra en la Plaza de Las Flores de Cádiz. Habitualmente es un sitio divertido en el que puedes pasar por situaciones un tanto surrealistas, pero en Navidad, la cosa se pone aún peor, una parodia que bien podría haber salido de la mente de ‘los morancos’, de ‘martes y trece’ o de ‘cruz y raya’.

La gente en esas fechas se empecina en mandar cosas que no se mandan en el resto del año. Pues bueno. El día 22 me toca ir a Correos y me encuentro con una situación impresionante. Una señora, seguramente de la viña, se cuela allí con un carrito del Día cargado con dos alfombras, un edredón, dos botellas de ballantines, y una paletilla ibérica.

Lo primero que pensé fue que la señora venía de comprar y que había sacado el carro precisamente porque tenía que venir a echar unas cartitas o pagar algún recibito. Evidentemente no fue así. Cuando le toca su número, uno después que el mío, se pone en la ventanilla de mi vera y comienza a colocar todas las cosas sobre el mostrador. Primero las alfombras, luego el edredón, luego la paletilla y al final las dos botellas. El funcionario intenta decirle que pare, intenta decirle que así no se puede mandar nada, que tiene que envolverlo, que ponerle la dirección, etc. La señora no quiere hacer caso a nada y saca un papelito arrugado del fondo de su bolsillo… “Esto va aquí chiquillo. ¿Cuánto es?”

Increíble. Todos estamos estupefactos ante tal demostración de soltura y naturalidad. Personalmente creo que la señora sí sabe que así no puede hacer las cosas, pero que le da un poco igual y que va a intentar mandarlo todo a toda costa.

Funcionario: Sra. Mire, así no puede usted mandar nada.

Sra: Chiquillo arme er favó que mi niño está mu lejo.

Funcionario: Sra. De verdad que no puedo que es imposible.

Sra.: Por lo menos el edredón que allí hace mucho frío.

Funcionario: Que no señora que lo tiene que envolver.

Sra. ¿Y eso como se hace niño? ¿Tú me puedes ayudar? Por lo menos el edredón.

Funcionario: Mire Sra. Tenemos un papel que puede usted comprar y ponerlo.

Sra.: ¡Anda! Pónmelo tú que yo no sé y estoy mu mayor.

Funcionario: Venga vale señora, pero solo el edredón.

El hombre colmado de paciencia, ayuda a la mujer a preparar el paquete. Mientras, los que van detrás empiezan a cuchichear, pero nadie dice nada…es Navidad.

Sra.: Gracias hijo. Ahora las alfombras. Si no te cuesta ná.

Ahora el funcionario ni rechista, le envuelve las alfombras y se las pone para enviar.

Funcionario: Muy bien Sra. ¡Ya está bien!

Ya solo le queda a la señora las botellas de whisky y la paletilla de jamón.

Sra.: Vale hijo. Yo me comeré er jamón y me beberé er whisky. ¡No lo vi a tirar con lo que ma costao! ¿No?

Funcionario: bueno señora hasta luego y que tenga felices fiestas.

Entonces, viendo a la señora salir compungida de la oficina de correos y aún cargando con el jamón y las botellas, aparece mi gran amiga conciencia justo encima de mi hombro derecho.

‘Chanoooo cabrón. Echale er cable a la mujé’ ‘Chanoooo que se va a morir con tanto whisky, y su hijo está mu lejoooo’

Aro, como siempre me pasa, llamo a la Sra y le digo que yo se lo envuelvo. La señora me lo agradece y me da un beso. Por cierto, me pincha un montón y me pone colorá la mejilla, pero no de vergüenza, sino del bigote.

Por la paletilla casi no hay problema, la pongo en papel de embalaje y no me la echan pa tras. Lo malo viene con las botellas que, según me dicen, tienen que ir en unas cajas especiales.

Entonces le digo a la Sra: “Señora, el whisky tiene que ir en una caja especial. Comprela y yo le relleno los papeles” La señora me contesta: “Ay, yo no tengo dinero hijo, me he gastao tó en lo de antes y en comprar las cosas. ¿Son mu caras?”.

Sí, ya os habéis dado cuenta. Me ha tocado pagar las cajas de la señora y además, me ha tocado pagar el envío, que no ha sido moco de pavo. El niño de la gachí está en Suecia. ¡Ya podía haberse ido de Erasmus a Lisboa! ¡No es cabrón el niño!

Entré a las 10 en Correos y no salí hasta las 14. Me fui con las manos pringosas de la paletilla y el bolsillo más vacío que la nevera de Carpantas.

Así terminó mi 2008. Como es lógico espero que 2009 venga mejor. Para empezar, ya no pienso hacerle más caso a la conciencia y, la próxima vez que aparezca el angelito, ¡le corto las alas y le pongo un bozal!

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